En ADIOS A TODO ESO

Mido un metro ochenta y ocho, tengo ojos grises y cabello negro. Al adjetivo «negro» podría añadirse «espeso y rizado». En el pasaporte también consta que no tengo ninguna característica particular. Para comenzar tengo una gran nariz que fue aguileña y que me rompí en Charterhouse mientras jugaba rugger con el equipo de fútbol (a mi vez le rompí la nariz a otro jugador esa misma tarde). Esto tuvo el efecto de hacerle perder su solidez. El boxeo hizo el resto. Finalmente, me operó un incompetente cirujano del ejército, y a partir de entonces dejó de servir como una línea vertical de separación entre los lados derecho e izquierdo de mi rostro que, por supuesto, han dejado de ser simétricos (mis ojos, mis cejas y mi orejas son notoriamente irregulares, y los pómulos, bastante pronunciados, están desnivelados). Mi boca es lo que generalmente se conoce como «carnosa», y mi sonrisa es huidiza. Cuando tenía trece años me rompí dos dientes delanteros ya partir de ese momento me esforcé en ocultarlos. Mis manos y mis pies son grandes. Peso alrededor de setenta y cinco kilos. Mi defecto más cómico es que poseo una pelvis tan flexible que me puedo sentar sobre una mesa y usarla como tambor, tal como hacían las hermanas Fox. Tengo un hombro palpablemente más caído que el otro, debido a una herida en el pulmón. No llevo reloj porque siempre magnetizo las agujas; durante la guerra, todos tos oficiales debían, por decreto, llevar reloj y sincronizarlo a la misma hora una vez por día; yo me veía obligado a comprar por lo menos dos al mes. Gozo de buena salud.

Robert Graves